Transformación

Siete de la mañana. Lágrimas de felicidad caen presurosas por mi mejilla mientras preparo la maleta, sólo con artículos de aseo personal. Me han dicho que estaré ahí una semana completa si no surgen contratiempos. Estoy nervioso, pero satisfecho con mi decisión, llorando y a la vez sonriendo como idiota. ¡Por fin llegó el día! Llevo tantos años esperando, trabajando como loco para reunir el dinero, que no puedo más que sentir orgullo por el gran esfuerzo que hoy rinde frutos; hoy por fin se hará mi sueño realidad. 
Nadie de mi familia me acompaña, y no negaré que eso duele, pero más lastima el alma seguir usando una máscara que a todos complace, excepto a mí. Años de terapia y reflexión me ha tomado entender que esta esencia la traigo grabada desde el vientre de mi madre; en mi sopa de genes ya estaba escrito que padecería un asunto de discordancia entre lo que soy por dentro y lo que la naturaleza me asignó por fuera. 

De tal manera que caí al mundo como niño, pero mis más antiguos recuerdos evocan siempre el sentir de una niña. Yo deseaba con todas mis fuerzas parecerme a mi madre y a mi hermana Bianca; quería tener el cabello largo como ellas para trenzarlo y colocarle cientos de moños coloridos; quería lucir en la ropa telas de flores y corazones, holanes y crinolinas; quería tomar el té con las muñecas y pararme de puntitas en la clase de ballet. A los siete años, mi padre me restregó a golpes por primera vez que nada de eso me correspondía; me empezó a ofuscar con el color azul, me exigía patear el balón a todas horas, y me jalaba las orejas cuando hablaba o caminaba “como marica”. Yo no entendía a qué se refería con esa palabra, pero la repetía tantas veces que mi mente terminó creando un amigo imaginario llamado así. Marica podía hacer todo lo que a mí me estaba prohibido, y nadie lo molía a golpes. En el mundo de mi habitación, jugábamos él y yo a las princesas y a la comidita, hablábamos en el tono que queríamos y cuando teníamos suerte, hasta lográbamos ponernos algún vestido de Bianca. Marica me entendía y era mi único amigo. En la primaria, mis compañeros usaban más la palabra “joto”, y a los jotos no se les invitaba a jugar en el recreo. Sinceramente no recuerdo que me importara; prefería sentarme en las bancas a platicar con Marica, o quedarme en el salón leyendo historietas. 
Ahora soy un adulto de treinta y dos años, pero aún conservo en el bolsillo a ese amigo entrañable. Él estuvo conmigo en mi cumpleaños número doce, cuando mi hermana en secreto me regaló un par de barnices de uñas y yo los acepté encantado; le dije a Marica que nos pintaríamos a media noche. Por desgracia, papá me descubrió en la octava uña, y ésta vez fue mucho más agresivo conmigo. Me obligó a desnudarme y me dio hasta cansarse con el cinturón. Yo gritaba y pedía ayuda hecho un ovillo a un lado de la cama, pero el único que llegó a tomar mi mano fue Marica. Cuando papá terminó, me llevó frente al espejo y me agarró el pene y los testículos con fuerza; me gritó que, si Dios me había dado esos, tenía que comportarme como hombre, aunque no me gustara la idea. 
Los siguientes años transcurrieron cada vez peor; me llevaban a platicar con sacerdotes y psicólogos, que intentaban ayudarme con “mi problema”. En algún punto entendí que no podía seguir nadando contra la corriente, y empecé a fingir que me curaba, que me gustaban las mujeres, el futbol y la cerveza. Estudié Derecho como quiso mi padre, y en cuanto tuve el título en mis manos, me fui para siempre de esa casa. Les dejé una carta donde les explicaba que quería convertirme en mujer, y que no descansaría hasta lograrlo; les decía también que estaban en todo su derecho de odiarme y no volverme a hablar, así como yo estaba en el mío de ir en busca de lo que me hiciera feliz. Tiempo después les mandé por correo mi nuevo teléfono y dirección; es la fecha que ninguno me ha venido a visitar, sólo Bianca me llama ocasionalmente. 
Pues bien, hoy inicia mi transformación; hoy por fin un experto usará un bisturí para dibujar mi nueva anatomía, esa que tanto he ansiado desde que era niño. Removerá en el quirófano el apéndice flácido que nunca me ha gustado usar, y a sus dos eternos acompañantes. Tendré vulva, vagina y clítoris, y con la ayuda de los estrógenos iré abandonando poco a poco este cuerpo de hombre. Que ruede el mundo y su cuadrada sociedad; que no me alcancen los prejuicios, que se alejen de mí los que juzgan y sienten asco sólo por un estereotipo. Anhelo la feminidad, y eso no me convierte en loco, inmoral o pervertido. Soy valiente, soy sublime, soy excepcional… soy libre. 
Miento al decir que nadie de mi familia me acompaña; Marica irá conmigo, leal como siempre, y recorreré este difícil camino sin soltar su mano. Cuando volvamos a entrar por la puerta de este departamento, ya no existirá Daniel; usaré con orgullo vestido y tacones, labial y sombras para ojos; será el inicio de una vida en la que por fin, el universo entero podrá llamarme Daniela.

IzelHanifah

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