Deprimido

González llega corriendo a los checadores. Coloca su huella intempestivamente, pero es inútil; hace diez minutos que transcurrió el último segundo que lo podía salvar del pizarrón de los retardos. Decepcionado, baja la cabeza, la mirada y el pensamiento. ¿Qué otra cosa podría salir mal? Sigue su camino hacia el elevador ya sin prisa, casi arrastrando los pies. Dentro del mismo, hay dos secretarias que conversan animadas sobre la cena de la noche previa; él tiene tan malos recuerdos de la misma, que se limita a cerrar los ojos y ahogar el mal sabor de la memoria, repasando el discurso que tiene que dar al llegar a la sala de reuniones. “¡Concéntrate González!”, se reprende, pero ni eso funciona. Además, a su cerebro le falta azúcar; esa mañana cuando despertó en medio de pañuelos desechables y botellas de whisky vacías, no tuvo ganas ni de preparar el desayuno. La continua angustia oprimiéndole el pecho, le había quitado el hambre.

Mientras el ascensor se cierra, mira de reojo a las compañeras y no puede evitar sentir su saliva amarga, su pecho desgarrado y sus latidos reclamando inconformes. ¿Cuántos días pasará en calidad de muerto viviente? Respirando, pero con el silencio de la alcoba sofocándole; comiendo, pero sin rellenar nunca el vacío en el estómago; bebiendo, pero ahogándose con la sobriedad que otorga la culpa. “Buenos días compañeros, hoy hablaremos del diseño de paquetes que…”, nada, otra vez el cerebro reviviendo escenas y acosándole el juicio. Sus párpados lo traicionan dejándose inundar de lágrimas, pero él los aprieta furioso justo antes del desborde. Escruta el techo, las paredes, y finalmente sus mocasines que se balancean compulsivos e inquietos, revelando burlones que la ansiedad también viaja en ese portafolios. “¡Maldito elevador!, ¿por qué no te abres de una vez?”, grita para sus adentros. Necesita un baño antes de la plática, desahogarse en el retrete, hundirse los puños en la cara y apretarse la desesperación. Cuando llega por fin a su piso, sale detrás de las dos mujeres y al dirigirse al fondo a la derecha, se topa con su jefe:

—¡González, te estamos esperando, sólo faltas tú! —exclama el hombre regordete, haciéndolo cambiar de dirección con un tosco abrazo. —¿Y esos ojos hinchados?

González no sabe cómo lo logra, pero pone en pausa el desasosiego y reanuda vigoroso la sonrisa fingida, y los ademanes despreocupados. Le ofrece a su jefe una respuesta rápida que apague cuanto antes la intención de ahondar en motivos, y cambia de tema en forma tajante. Ya tendrá todo el fin de semana para dejarse consolar por la almohada y reiniciar las píldoras amarillas que le recetó el psiquiatra la última vez.

 

Izel Hanifah

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