Viento Travieso

El odre de los vientos no fue abierto como todos piensan, hace casi un milenio. Ulises en realidad prefirió aventarlo al mar antes que permitir que los griegos se lo quitaran, entre las islas de Ítaca y Eolo. Después de cientos de años de vivir donde se juntan el jónico y el mediterráneo, arrastrado de un lado a otro por moluscos, peces y una que otra corriente circular, el odre terminó atorado en un arrecife de una conocida isla italiana, Elba. Ahí lo encontró un buzo experimentado, lo sacó del mar, admiró un rato la impecable rosa de los vientos que tenía grabada en la superficie, y luego, al percatarse de que estaba vacío, lo dejó botado sobre la arena. Esa misma tarde, los anemoi despertaron, y fueron saliendo a trompicones del odre, uno detrás del otro.

Boreas estaba muy enojado, y se fue hacia el norte, a recuperar el tiempo perdido desatando el más helado y colérico de los vientos. Eurus se despabiló, y contento al ver otra vez la luz del sol, se despidió de los otros dos y voló hacia el este, a calentarse un rato entre las nubes. Notus no quería quedarse atrás, así que se orientó con su brújula interior y fue a perseguir el inicio del otoño, allá en los países del sur, para reaparecer ante ellos con una tenebrosa neblina. Solo quedó Céfiro, viento del oeste, suave y juguetón, un completo enamorado de las primaveras. Estaba feliz de haber sido liberado por fin del odre, y no aguantaba las ganas de reiniciar sus actividades en las playas italianas.

Se desplazó con gracia hasta los campos de flores y empezó con lo más básico, transportar migas de polen haciendo figuras en el aire, soplando despacio, permitiendo a las abejas aprovechar sus brazos para aminorar el esfuerzo. Mientras corría entre los arbustos de jazmín, saboreando su perfume, y admirando sus formas torcidas, recordó que parte de su trabajo era ayudar a los humanos, esos seres a los que tanto tiempo tenía sin acariciarles la piel ni alborotar sus cabellos. Buscó molinos de viento, pero no encontró ninguno. Cambió entonces su rumbo y su velocidad, y fue hasta la playa, donde se disfrazó de brisa marina, y con gentileza empujó un par de elegantes veleros. Luego quiso jugar con los niños a volar cometas, pero todos estaban ocupados mirando un pequeño rectángulo que emitía luz, no supo lo que era, pero prefirió alejarse. Sin duda los años no habían pasado en vano, ahora todo era tan diferente y tan moderno, que Céfiro temió que los hombres ya no le necesitaran como antes, o que hubieran perdido la capacidad de asombro frente a su poderosa naturaleza. ¿Cómo podría averiguarlo? En ese momento deseó poder comunicarse con Boreas o con Notus, para preguntarles como les iba en sus respectivos regresos, pero encontrarlos sería tardado y desgastante, seguramente ya se encontraban a miles de kilómetros de ahí. Tendría que ingeniárselas solo.

Así que en la noche regresó a Elba, y se metió a reflexionar en una cueva. Después de darle varias vueltas al asunto, llegó a una conclusión práctica para resolver su duda, tendría que acercarse a los humanos y escucharlos hablar. De esa forma se actualizaría con respecto a sus propias actividades, descubriría las nuevas y suspendería las que ya eran consideradas obsoletas. No lo pensó dos veces y echó a andar el plan al salir el sol. Por la mañana ayudó a polinizar, a navegar y a transportar insectos, y por la tarde se metió en una casita de ladrillos, sigiloso, a través de una ventana rota. Con esa humilde familia se enteró de la existencia de un parque eólico, ubicado en ultramar, que contaba con diez aerogeneradores, listos para ser movidos a capricho suyo. Céfiro no perdió el tiempo, ese mismo día fue hasta allá y quedó sorprendido con aquellos molinos futuristas. Los giró un buen rato al tiempo que los inspeccionaba, y se sintió importante al ver a los humanos contentos con tanta electricidad que su juego les estaba generando. Perfecto, una nueva actividad para incorporar a su itinerario.

Así se pasó la siguiente semana, buscando entre las opiniones de la gente nuevas tareas que asignarse, ya que la diversión a su cargo al parecer había dejado de existir y eso lo entristecía mucho. Después de mil y una conversaciones presenciadas, Céfiro se convenció de que ya no sorprendía a los humanos igual que antes, que les faltaban risas y les sobraba tiempo frente a ese rectángulo de luz. Algo tenía que suplir a las cometas, pero no sabía qué, sólo deseaba con todas sus fuerzas recuperar la atención de esos bípedos, sacarlos de su soledad vanguardista y devolverles las ganas de mirarse a los ojos. Un domingo, al ir escuchando la plática de una pareja de novios, escuchó una frase novedosa, algo que jamás en tiempos de Ulises se le hubiera ocurrido hacer. “A las palabras se las lleva el viento”, dijo la mujer exaltada. Céfiro se emocionó, seguro con esa nueva función, dejaría a todos impresionados. Sería tremendamente divertido, cada que pasara delante de sus bocas, los dejaría sin palabras durante una hora, y sus acompañantes tendrían que interpretar el complicado arte de la mímica. Al día siguiente en las playas de Italia, inició el fenómeno sin previo aviso, el primer juego masivo de caras y gestos, dirigido ni más ni menos que por Céfiro, el travieso viento del oeste.

Izel Hanifah

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