En la Nauyaca – Microrrelato

En la repartición de formas de reencarnar en el mundo, me tocó convertirme en terror líquido: veneno viperino. Ya había sido ave y girasol alguna vez, y en mi última vida, un niño llamado Ramón, que no pasó de los cinco años. Ahora, sin mayor explicación, me fue asignado este extraño papel, que tuve que aceptar a regañadientes. Cerré los ojos y cuando desperté era una sustancia blanca y espesa, descansando dentro de los colmillos de una nauyaca, esperando con incomodidad y aburrimiento a una presa despistada.

Un día la serpiente salió de la tierra y se arrastró hasta los plantíos de café, donde le gustaba olisquear las pequeñas bolitas rojas. Ahí se topó con unas botas de caucho que no la dejaban pasar y la amenazaron con un palo. Ella, que era pura velocidad, le ganó en segundos a su depredador, y fue a depositarme con fuerza en las carnes de su brazo.

Escuché gritar al humano y lo reconocí al instante, era Gabriel, el infame pervertido que me asfixió el año pasado entre los cafetales, cuando vivía como Ramón. Entendí divertido el porqué de mi forma y con gusto le ocasioné una gangrena mortal.

Izel Hanifah

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