Contracorriente

Suena mi reloj despertador a las cinco de la mañana. No fue un suplicio abrir los ojos esta vez, al contrario, ya me urgía escucharlo. Me atrevería a decir que toda la noche solo fingí que dormía; mantuve los párpados juntos por compromiso con el resto del cuerpo, pero en realidad la adrenalina no le permitió a mi conciencia perder el sentido en brazos de Morfeo. Salgo disparado de la cama, no me demoro más de diez minutos en el arreglo personal; a los cuarenta y cinco años esa cuestión ha dejado de importarme. Antes de abrir la puerta, tomo la bolsa que dejé preparada con tanto esmero, esa que atesora algunos fragmentos de la banda sonora de ésta, mi solitaria vida. Contiene también una biografía, escrita por el fabuloso Pep Blay que, si corro con suerte, él accederá a autografiarme igual que los dos discos. Me dirijo con calma hacia la tienda de música, no hay prisa, la firma comienza a las diez de la mañana. En el auto pongo en el estéreo mi canción favorita, “El Rescate”, para ir entrando en ambiente. Cuando llego al lugar, a oscuras distingo unas veinte personas que ya están haciendo fila, todos más jóvenes que yo. Siento un ligero bochorno al ser el único arrugado que, a su edad, opta por madrugar y pasar frío con tal de obtener unos segundos con su estrella de rock favorita. Me ajusto la chamarra de piel, que quizá me reduzca unos cinco años, y me integro discretamente a la línea de fans, fingiendo calma y tranquilidad. La verdad es que estoy ansioso y estresado porque aún no decido cuál de los discursos que ensayé, será el que le diga cuando lo tenga enfrente. “¿Qué tal Enrique? Te admiro desde los quince años…” no, muy trillado y aburrido. “¡Bunbury ¿Cómo estás?, encantado de conocerte, tengo todos tus discos…” podría ser, aunque quizá suene presumido. Siguen pasando las horas entre hambre, frío, y más jóvenes formados detrás de mí. Creo que soy el único al que le duelen las rodillas. A las diez de la mañana por fin aparece; grito con fuerza y alzo los brazos igual que los demás, no me importa que se burlen de estas cuerdas vocales desgastadas; es real, está ahí, con su sombrero y sus botas negras, con sus rizos alborotados, con su porte que tanto recuerda a Mick Jagger. Mi ansiedad crece mientras avanza la fila, espero que mi fobia social no me paralice cuando llegue mi turno. Treinta minutos después, estoy a una persona de subir al pódium; me sudan las manos, las axilas, empiezo a sentir palpitaciones y falta de aire, náusea, mareo. ¡Por Dios, no puede darme un ataque en este momento! Falta poco, ¡aguanta Pablo, ya casi!, pero en eso, cae sobre nosotros un flash espeluznante; todo se pone blanco, la luz entra en mis ojos como pimienta, y a lo lejos, escucho que alguien grita: “¡Despierta hijo, hora de irnos a la firma de autógrafos!”…

Izel Hanifah

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s